Sueños de viajes cumplidos

Era yo muy cría cuando cayó en mis manos un libro de las Maravillas del Mundo. Recuerdo perfectamente dónde fue. Un piso enorme de techos altísimos del Bilbao de-toda-la-vida, la casa de una compañera del colegio. Con una biblioteca muy bien provista. Eran tiempos en los que a los niños se nos animaba a leer, a hojear y tomar prestados libros que nos llamaran la atención. Se consideraba que eso nos formaba.
Allí lo vi, un templo remoto y misterioso, comido por la selva. Contaban que había estado oculto durante siglos, hasta que lo redescubrió un explorador francés. Me preguntaba cómo era posible que un templo tan enorme hubiera estado oculto tanto tiempo. La explicación era que la selva lo había devorado. Y eso confirmaba todo lo que había leído en otros libros, que la selva era un lugar extrañísimo, lleno de misterios y peligros, que se tragaba personas, ciudades y civilizaciones.

Texto: Fleya de Ugalde

En las fotos se veía la entrada de un templo: una puerta abrazada por las raíces de un árbol, que desplazaban los sillares de piedra maciza con su fuerza vegetal. Y la cara de un dios, mirando al vacío con placidez  y una sonrisa en los labios. Era Angkor Wat, en Camboya. Me aprendí el nombre y me juré en silencio que, algún día, “cuando fuera mayor”, iría allí. Una promesa infantil que se me quedó grabada.

Y allí fui, ya “mayor”.  Y, ante aquella cara sonriente por los siglos de los siglos, encogí hasta poco más de un metro, como Alicia, y le dije “¿Ves cómo te dije que vendría? He hecho un largo camino para verte”.  La cara siguió aparentemente impasible, aunque a mí me pareció que acentuaba un poco la sonrisa.

Recorrí kilómetros, pasillos y pasadizos hasta encontrar el lugar exacto que había soñado tantos años. La puerta asfixiada por las raíces. Allí estaba, un poco cambiada por los años, pero inconfundible. Me senté en un tocón y la contemplé largamente, en silencio. Un sueño infantil hecho realidad, por fin. ¡Tantos se quedaron en el camino!

Y luego, en el museo contiguo, encontré a Jayavarman, el séptimo de su nombre. Fue amor a primera vista, a pesar de que su estatua estaba un poco tullida. La perfección de su rostro sereno quedó soldada a mis recuerdos de Angkor.

Así que Angkor para mí se resume en tres imágenes: la puerta de piedra abrazada por las raíces, el rostro sonriente por los siglos de los siglos y la serenidad de Jayavarman VII.

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Una respuesta a Sueños de viajes cumplidos

  1. bego dijo:

    compartimos primeros libros y algunos sueños, gracias por el post

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