Abbottabad

Hace unos días, nuestro compañero Xabier Bañuelos cruzaba Abbotabad con una fuerte escolta policial. Hoy nos enteramos de que un comando norteamericano ha matado en esta ciudad pakistaní a Osama Bin Laden. Os dejamos con el relato que hizo Xabi de su paso por Abbottabad y con el enlace al blog “Primavera en Baltistán” (http://euskadienbaltistan.blogspot.com/), donde ha venido ofreciéndonos sus crónicas del viaje realizado por estas tierras.

Texto y foto: Xabier Bañuelos
Nuestra travesía hoy por la Karakorum Highway ha sido menos tempestuosa que la de ayer. No ha dejado de estar exenta de riesgo pero, al menos, no ha sido más que el inherente a su complicado trazado y a su mal estado. Ayer, con la mediación idiomática de nuestros compañeros de Machulu a través del teléfono, le pusimos claro a Khaled, nuestro conductor, que no estábamos dispuestos a jugarnos el tipo más allá de lo estrictamente imprescindible -que es mucho sin necesidad de andar tentando a la suerte-, por lo que o se relajaba y moderaba la velocidad o nos buscábamos a otro que nos llevara.
 
Ha dado resultado. Hemos tenido algún susto, sobre todo en los últimos kilómetros, cerca ya de Islamabad, de noche y con una circulación infernal, cuando en un par de ocasiones hemos visto demasiado cerca el morro de algún camión que venía de frente, o casi nos hacemos emparedado en adelantamientos de a cuatro en línea. Pero por lo demás, más o menos bien. Khaled es un buen volantista y en varias ocasiones me ha indicado con una sonrisa el cuentakilómetros a 80 en alguna de las milagrosas rectas que de repente aparecen, haciéndome entender que de esa velocidad no iba a pasar. Y ha cumplido, depositándonos en el hotel 15 h después de nuestra salida.
 
La belleza del peligro
 
Aún yendo despacio y con toda la prudencia del mundo, circular por la KKH es peligroso. Con permiso de la pista que unos años atrás me tocó hacer en una ranchera subiendo las montañas de la selva ecuatoriana para llegar al pueblo de Nambija, creo que este es el recorrido por carretera más arriesgado que he hecho en mi vida. Y eso que únicamente puedo hablar de la parte meridional.
La KKH es una ciclópea obra de ingeniería que supone el desafío a una naturaleza sin ganas de ser domeñada que en cuanto puede reclama lo que le pertenece. Y ha sido así desde que se inició su construcción en 1966, un trabajo que duró 20 años y que se llevó por delante varios centenares de vidas entre los obreros y militares que participaron en su ejecución.
 
Los terremotos y desprendimientos, tan comunes en estas laderas, así como un clima de pronóstico variable, por decirlo suavemente, hacen que transitar la KKH sea totalmente impredecible. En invierno lo más probable es que esté cerrada o que se cierre con frecuencia. El resto del año, entre abril y octubre, es más fácil de tratar pero unas lluvias inesperadas, unas rocas enormes que ayer no estaban y hoy taponan el camino, un corrimiento que se ha llevado al fondo del barranco la mitad de la carretera… pueden dar al traste con la esperanza de poder continuar obligándote a permanecer bloqueado durante días hasta que alguien o algo haga expedito el camino. La carretera requiere de un mantenimiento permanente y muy caro sólo al alcance de países enriquecidos. Pakistán, obviamente, no lo es, por lo que el estado del firme es muy deficiente y no puede hacer frente a la gran cantidad de contingencias que se suceden y que transforman gran parte del trazado en una trocha para animales.
 
Aún así, la circulación es constante, tanto de paisanos -que recorren el camino a pie con y sin sus rebaños o en coches en diferente grado de descomposición-, como de camiones que, por lo kitsch y rococó de su ornamentación, parece que van de fiesta en lugar de estar inmersos en un agotador camino con carga hasta las cartolas y aún más. Y es que no hay otra vía practicable que una las áreas del norte con el Punjab y con la capital, salvo una carretera de montaña que va desde Mansehra hasta Chilás por Naran y Besal pero que la nieve suele tener cerrada hasta  el verano.
 
Lo que tampoco varía respecto a etapas anteriores es que la peculiaridad y la belleza del paisaje son igualmente soberbias. El camino discurre de nuevo arañando la montaña y siguiendo el curso del Indo, entre cañones inmensos y cumbres descomunales a escasos centímetros de un barranco que, en la mayor parte del recorrido, se hunde 400 mdebajo de nuestras ruedas. Apenas hay pequeños tramos donde dar respiro al vértigo, cuando el valle se abre y nos separa del río o cuando atravesamos alguna de las poblaciones que jalonan como un masbaha*1 el camino. El valle se abre y se cierra  a capricho de las curvas del río y de los pliegues en la piel de la montaña, la carretera no es más que una fina línea que se pierde y vuelve a aparecer entre arrugas de piedra.
 
Desafiar a la gravedad
 
Las y los pobladores de estas verticalidades engañan una y otra vez a la geografía colgando sus viviendas como equilibristas del pragmatismo o aprovechando el más mínimo espacio horizontal; y si este espacio no existe, lo construyen, escalonando las laderas con ímprobo esfuerzo para aprovechar la tierra fértil capaz de hacer crecer el trigo. Seguro quesi nos fijáramos bien, tras alguna curva, escondida entre nubes o balanceándose sobre la nada, seríamos capaces de adivinar alguna de las ciudades invisibles que Marco Polo describió al Gran Kan Kublai, y cuyo relato nos legó el autor de Il visconte dimezzato*2.
 
Descendemos con mucha lentitud, es mucha la distancia que hay que hacer para perder unos pocos metros de altitud, pero cada uno se nota en el entorno, que se vuelve cada vez más y más verde. Se ve ascender la primavera mientras nosotras y nosotros bajamos, una primavera aguerrida que regala vida y color, calor y cascadas que vierten sus aguas directamente sobre el techo de nuestra furgoneta antes de partir hacia el abismo, y que se rompen en arco iris justo frente a nuestro parabrisas. Es difícil establecer una clasificación pero es especialmente espectacular el tramo comprendido entre Dasu y Pattan.
 
Unos kilómetros al sur dela populosa Besham, donde paramos a comer, se encuentra el puente que une Dandai con Thakot. Es la última vez que cruzamos el Indo, al cual ya no volveremos a ver. A ambos lados del puente hemos de pasar sendos controles policiales, dos más entre los muchos que hemos sufrido a lo largo del recorrido y en los que hemos tenido que bajar y apuntar nuestros datos de pasaporte y visado.
 
Abbotabad, talibanes y zonas tribales
 
Pero ocurre algo inesperado. En Thakot nos preguntan a dónde vamos y nos retienen más tiempo de lo habitual mientras vemos que los policías conversan con cierto nerviosismo, entrando y saliendo de sus puestos como si tuvieran que tomar una decisión. No sabemos lo que ocurre aunque tampoco nos preocupa demasiado porque suponemos que será algún tipo de comprobación que les tarda en llegar. Finalmente, después de un rato, nos dan el ok y nos dejan marchar pero vemos que delante de nuestra furgoneta se coloca un pick-up con dos policías delante y otro, armado con un kalashnikov, en la parte de atrás. Que vaya delante un coche de policía no parece en principio nada extraño, salvo cuando transcurridos unos Km. se retira y otro le toma el relevo. Evidentemente, nos acompaña a nosotros, pero no sabemos la causa, si nos escolta o si nos conduce a algún lugar. El conductor tampoco sabe nada, pero la situación le parece de lo más divertida explicándolo con un simple We are in Pakistan!*3.
 
Un par de horas después, llegamos a Abbottabad, donde se produce un nuevo relevo. Pero en esta ocasión, la “escolta” se duplica. Delante marcha un pick-up con cinco agentes armados; detrás, otro vehículo con tres agentes armados y otro más, con casco de combate y una ametralladora pesada de gran calibre montada sobre un afuste. La cosa toma un cariz diferente, especialmente porque nos conducen con las sirenas y las luces encendidas y a más de100 Km. por hora, obligando a apartarse a todo el mundo y reclamando prioridad de paso. No era desde luego la mejor manera de pasar desapercibidos. Para entonces teníamos claro de que se trataba de escolta pero no entendíamos el porqué. De hecho, llamamos a la embajada española en busca de información, para saber si había ocurrido algo, algún atentado, algún secuestro, que justificara semejante despliegue. En la embajada nos confirman que no, y que tampoco ellos saben la razón.
 
Media hora después de dejar Abbottabad, más o menos a la altura de Havelian, nos dejan ambos vehículos para volver nuevamente a una compañía más modesta, el coche delante con el policía armado y así, tras dos relevos, nos dicen adiós como comenzó todo, sin la más mínima explicación.
 
Evidentemente, tres horas de escolta no nos dejan impávidos, así que seguimos dándole vueltas enfilados ya hacia Islamabad. Hasta que caemos en la cuenta de dónde se ha retirado el último de los vehículos, un poco más allá de Dehdar, es decir, justo en la frontera entre las provincias de Khyber Pakhtunkhwa (o North West Frontier*4) y Punjab. Pasado Chilás, a la altura de Basari, la KKH se interna en Kohistán atravesándolo de norte a sur. Kohistán es la zona nororiental de la conflictiva provincia pastún de Khyber Pakhtunkhwa fronteriza con Afganistán en el noroeste y con las áreas tribales de administración federal. Más al sur, hemos también atravesado los distritos de Shangla, Mensehra y Abbottabad.
 
Al conservadurismo religioso y a las normas tribales que rigen todavía hoy la vida pastún, se suma el recelo hacia las y los occidentales en algunas zonas, esporádicos asaltos nocturnos y, sobre todo, la actividad talibán derivada de la guerra en Afganistán. Los talibán, en su mayoría de etnia pastún, nunca han tenido ni dificultades ni escrúpulos a la hora de actuar en ambos lados dela frontera. Inicialmentesu área de actuación se centraba más al sur, en las zonas de Waziristán y Kurram, pero la fuerte presión del ejército pakistaní en ambas áreas ha desplazado su campo de acción hacia Chitral y otros lugares dela North West Frontiercomplicando el tránsito de personas extranjeras porla KKH. Abbottabad, además, es una ciudad conocida por su gran número de centros de formación, pero también por ser un centro militar de primer orden en el país. Hemos de deducir que nos han escoltado para protegernos de un hipotético asalto de unos o de otros. En cualquier caso, aunque muchas veces el peligro no se ve, lo cierto es que en ningún momento hemos tenido sensación de encontrarnos en riesgo (salvo de caernos por un barranco…) y la gente siempre se ha mostrado amable, especialmente en Gilgit-Baltistán, donde la amenaza, hoy por hoy, es pequeña.
 
Por fin llegamos a Islamabad, sin demasiados contratiempos reales, aunque eso sí, con la pena por mi parte de no haber tenido tiempo de visitar los petroglifos de Chilás. Espero volver antes de que la gigantesca presa de Diamer-Basha los anegue y tenga que conformarme con verlos en algún museo o buscar por Internet las reproducciones en 3D que está haciendo, creo, un equipo arqueológico alemán.
*1.- Rosario musulmán, también llamado tasbih.
*2.- Italo Calvino.
*3.- ¡Estamos en Pakistán!
*4.- Frontera Noroeste.
 
 
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