Chichén Itzá: la sombra de Kukulkán

 Texto y fotos: Xabier Iokin Bañuelos Ganuza

Cuando Frederick Catherwood visitó Chichén Itzá, la selva aún crecía en Yucatán.  La vegetación guardaba, sin saberlo, los arcanos latidos de una civilización desaparecida. Los mayas, cuyo nombre invitaba al misterio y la aventura, fueron los hombres y las mujeres que construyeron aquella gran ciudad entre el cielo y una floresta rebelde. En aquel año de 1842, nadie sabía cómo fue y qué representó la civilización maya, pero sus magníficas ruinas, dispersas desde el istmo de Tehuantepec hasta Honduras, convencieron al artista inglés y a su compañero, John Lloyd Stephens, de que había merecido la pena sufrir la hostilidad de indígenas y mosquitos para gozar de aquella belleza salvaje e incomprensible.

 

De las dos visitas que hicieron al pasado de los mayas, Catherwood se trajo consigo dos cosas: la malaria y un cuaderno repleto de dibujos. Estos dibujos se convirtieron en veinticinco litografías publicadas en 1844 bajo el título Views of Ancien Munuments of Central America, Chiapas and Yucatan. En ellas, el verde y el ocre forman alianza sobre el papel para imbuir de un romanticismo sutil a un trazo sincero y sin concesiones al arbitrio de la fantasía. La mirada de Catherwood es la de alguien fascinado por lo que ve pero fiel a la verdad, quizás por vocación de realismo o quizás porque no le hacía falta exagerar para resaltar un paisaje capaz de cautivar sin más aditamentos que su propia presencia. Estamos ante la imagen XXII; la gran pirámide es asaltada por un ejército vegetal que trepa hasta su cima burlando la infecundidad de la piedra. Abajo, en primer plano, la cabeza lítica de una enorme serpiente decapitada descansa su derrota sobre el suelo; su mirada, viva y torva, se clava en nosotros como una amenaza. La escena  nos desasosiega, pero con una inquietud repleta de esa belleza capaz de secuestrar nuestros temores y nuestros sentidos y atraernos como un imán hacia lo desconocido.

Pero la gran virtud de Catherwood y de Stephens fue mucho más allá de crear belleza y sueños. Hasta entonces, la arqueología y la antropólogía habían considerado a las culturas precolombinas como realizaciones de segundo orden. No se concebía que nada de lo nacido en América tuviera la entidad de las antiguas civilizaciones del Viejo Mundo. Sin embargo, la constatación gráfica de que los mayas habían sido capaces de construir algo más que chozas de paja, vino a trastocar esa visión y a despertar el interés por unas culturas de las que nada o casi nada se conocía. Recuperada así la civilización maya para la historia, sus ciudades, todavía hoy, tras muchas investigaciones, siguen sin revelarnos todos los enigmas de su espléndido pasado. Y lo que más llama la atención es lo poco o nada que se sabe sobre su origen y, sobre todo, sobre su desaparición. Éste es el más grande quebradero de cabeza de los investigadores, cosa que, por otro lado, hace las delicias de esotéricos, embaucadores y amigos de lo imposible. Uno de los mejores ejemplos de lo que decimos es Chichén Itzá, seguramente el conjunto arqueológico más impresionante de la península yucateca y una de las más interesantes, sorprendentes y mejor conservadas ciudades de los mayas de antaño.

Hay constancia de que existía ya en el año 500 –aunque se le supone una fundación muy anterior-, y de que a la llegada de Cortés hacía ya mucho tiempo que había sido abandonada. Entre los siglos VI y X, Chichén Itzá parece ser una próspera ciudad netamente maya situada en extremo nororiental del área cultural dominada por el llamado estilo puuc. En torno al año 900, la ciudad entra en decadencia sin conocerse los motivos y languidece hasta bien entrado el siglo. En el año 978 se produce un hecho que cambiará de nuevo la marcha de la ciudad y que la hará entrar en una etapa de esplendor que durará los próximos doscientos cincuenta años: Chichén Itzá, entonces llamada Uucil-abnal, es invadida por un pueblo llegado del sur y que hará de ella su capital. ¿Cuál es este pueblo? Las opiniones se dividen entre quienes dicen que fueron los toltecas, provenientes del centro de México, y quienes apoyan que fueron mayas putunes de la costa de Campeche, quienes habían adoptado los usos y la religión tolteca. La hipótesis más extendida es la primera.

Cuenta una leyenda que asentados los toltecas en la que será su capital, Tula, al norte del lago Texcoco, ascendió al trono el rey Topiltzín. Monarca sabio y pacífico, Topiltzín rendía culto Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, lo cual le enfrentó a las castas de los Aguilas, los Jaguares y los Coyotes, órdenes militares adoradoras del Tezcatlipoca, el Espejo Humeante, dios de la guerra. Derrotado Topiltzín huyó con sus partidarios hasta llegar al golfo de México; allí se hizo a la mar sobre una balsa de serpientes con destino a Tlapallán, la Tierra Roja, desde donde un día volvería para recobrar su reino. Según idea generalizada entre los estudiosos, este relato tiene bastante de histórico. El tal líder Topiltzín, quien se arrogaba el título de Quetzalcóatl, Kukulkán en lengua maya, salió con los suyos rumbo sur arribando por mar a la costa de Campeche. El ejército tolteca inició una violenta conquista de las tierras mayas hasta llegar a Uucil-abnal donde estableció su capital en un intento de recreación, más grandiosa, de su añorada Tula.

 

Tlaloc

La presencia tolteca en Chichén Itzá se hace evidente a cada paso. De hecho, la singularidad de esta ciudad viene dada precisamente por ser una excepcional y armoniosa mixtura entre la cultura maya de estilo puuc y todos los elementos mesomexicanos importados por los toltecas. Los edificios más notorios que nos han llegado hasta hoy provienen de esta época. El más impresionante es, sin duda, El Castillo, la pirámide escalonada de 25 m. de altura que domina la ciudad y que no es sino un templo dedicado a Kukulkán, quien, esculpido en piedra, desciende por los laterales de las escaleras que conducen a la cima. En lo alto, guardando la entrada al templo que corona la pirámide, dos bajorrelieves de guerreros toltecas… vigilan. Abundan estas representaciones al igual que águilas y jaguares devorando corazones humanos y alineamientos de cráneos, como en Tzompantli o Templo de las Calaveras, donde se colocaban las cabezas cortadas de los prisioneros sacrificados. Uno de los edificios más singulares es el Templo de los Guerreros con su Atrio y la Plaza de las Mil Columnas. Tiene un sospechoso parecido a la pirámide B y el Patio Quemado de Tula pero es más grandioso. Nuevamente guerreros esculpidos en los pilares y serpientes con forma de columna; y arriba, frente a la entrada, Chac Mol, Tláloc en las culturas del centro de México, dios de la lluvia, reclinado y sosteniendo un recipiente en espera de corazones humanos.

El Caracol

El estilo puuc, por su parte, se puede observar en la Casa Roja, la Tumba del Sacerdote y

El Convento

sobre todo en El Caracol, en El Convento y en Akab-Dzib. El Caracol, de planta circular, era el observatorio astronómico desde donde los sacerdotes establecían las fechas rituales y las épocas de siembra y cosecha. El viejo Palacio Real, llamado El Convento por los españoles, es un gran edificio donde lo tolteca y lo maya se mezclan con bellísima factura. El Anexo, sin embargo, una modesta construcción junto a él, es netamente maya. El edificio más antiguo de la ciudad restaurada data del s. II. En su interior se encuentra un relieve con una inscripción aún no descifrada, de ahí su nombre, Akab-Dzib, Escritura Oscura.

Chichén tiene, además, nada menos que ocho Juegos de Pelota. El principal, con sus 83 m. de largo, 8 de altura y un pasillo de 30 m., es el más grande de México e incluye dos templos, el armonioso Templo de los Jaguares y el Templo del Hombre Barbudo. Pero si algo atrae la curiosidad de los visitantes es el Cenote Sagrado. Tras una pedregosa avenida de 274 m., aparece ante nosotros el gran hueco circular de aguas verdosas rodeado de vegetación, donde las víctimas del sacrificio se inmolaban al dios de la lluvia. En el fondo se han hallado restos humanos así como multitud de objetos de oro, jade, tela… provenientes algunos de lugares tan lejanos como Panamá.

Cenote sagrado

En 1224 los toltecas desaparecen sin que se conozca el motivo, quizás debido a conflictos internos. Uucil-abnal es ocupada por los itzá, mayas chontales mexicanizados de la zona de Tabasco, que serán quienes bauticen a la ciudad como Chichén Itzá o Boca del Pozo de Itzá. El declive es cada vez más evidente. El golpe de gracia le llega en 1283, cuando la casta itzá de los cocom traslada su capital a Moyapán. Con todo, Chichén seguirá siendo un importante centro de peregrinaje religioso hasta su abandono definitivo entrado el s. XIV.

Cichén Viejo

La ciudad es grande. Abarca una extensión de 2 por 3 km. Las excavaciones realizadas han descubierto gran parte de la ciudad y se ha llevado a cabo un cuidado proceso de restauración que nos permite acercarnos al esplendor que en sus días de apogeo disfrutó Chichén Itzá. Pero no todo está a la vista, al menos no como en los recintos en torno al Castillo y al Caracol. Así, para quien vaya con calma, la ciudad guarda un pequeño regalo. Se llama Chichén Viejo y es la parte sin reconstruir, oculta de las miríadas de turistas y donde las ruinas aún permanecen agazapadas entre la vegetación. Caminando entre estos fantasmas de piedra y verde podremos acercarnos, siquiera un poco, a lo que sintió Catherwood cuando sus ojos vieron, por primera vez, Chichén Itzá.

*Algunas de las fotos han sido tratadas digitalmente para acercarse a la estética de las litografías de Catherwood.

 

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